Mi primera experiencia en un campo de golf

El golf es un deporte que no está hecho para todos, ya sea porque puede ser muy aburrido para algunos, o inaccesible para otros, pues es bien sabido que es una actividad para clases sociales altas, por lo que en mi país, México, esa posición la tienen muy pocas personas. Sin embargo, tuve la oportunidad de vivir mi primera experiencia en un campo de golf el pasado fin de semana, donde demostré mis terribles habilidades con el palo de golf. Confirmé que es un deporte que no está hecho para mí, sí me la pasé muy bien, me divertí, pero más por verme fallar una y otra vez. Y es la historia que quiero compartirles el día de hoy.

Una semana antes de que nos reuniéramos unos amigos y yo en un exclusivo club de golf en el sur de la Ciudad de México, decidí que debía hacer unas compras para no desentonar tanto, así que me compré un outfit que combinara, incluso gasté en unos zapatos de golf que resultaron ser muy incómodos. Llegamos al campo y había gente que desde lejos se veía que tenían dinero, por su forma de hablar, de caminar y toda expresión corporal. La verdad es que un par de amigos y yo desentonábamos un poco, pero íbamos a divertirnos. Así que comenzamos a jugar y en mi primer golpe, sucedió lo que me imaginaba. Abaniqué y volví a abanicar en mis siguientes tres intentos, hasta que por fin pude dar un buen golpe, bueno, quitemos el adjetivo calificativo y dejémoslo en que di un golpe. La pelota salió volando un metro por delante de mí y se fue chueca.

Seguimos moviéndonos de hoyos o como quiera que se llamen y mis golpes iban mejorando en potencia, pero no en dirección. Todos se iban chuecos, incluso uno se fue hacia atrás. ¡Hacia atrás! ¿A quién le sucede eso? Sólo a mí y, obviamente, fui la comidilla de todos. Se reían de mis patéticos intentos de golpear bien la pelota, la cual parecía decidida a no ir direccionada hacia donde debería. Lo más gracioso y doloroso llegó en mis últimos tiros. Analizando mi posición y hacia donde iba la pelota, decidí girarme un par de grados, muy poco ortodoxa mi postura, pero creía que iba a funcionar mi estrategia. Sin embargo, la pelota salió dirigida hacia las partes nobles de uno de mis amigos. Quien cayó al suelo y se comenzó a retorcer del dolor. Le salieron unas cuantas gotas de los ojos, pero por fin ya tenían de quien reírse y no era yo.

Al final fue un día muy divertido pero confirmé que no es un deporte hecho a mi medida, que sería aburrido practicarlo profesionalmente y que no entiendo nada. Tampoco me gustó la actitud de ciertas personas que se creen más que los demás, incluso te lanzaban miradas de desprecio, pero no les hice caso. No creo volver a ir, pero sin duda es una experiencia que me hizo valorar lo que tengo y lo que soy, además de que me dio unas cuantas horas de diversión, repito, no por el deporte, sino por ver lo malo que soy.